
Contemplar la imagen fotográfica como objeto de reflexión teórica, es una forma de hacer una visión crítica del horror bélico, el escándalo en la crudeza y crueldad de las imágenes y su feroz denuncia por los efectos de la guerra moderna sobre el cuerpo de los seres humanos. La mirada moderna siente la necesidad de ver aún más sin sufrir por ello, toda clase de imágenes del horror y la negrura de la guerra, de cómo es posible convivir con las imágenes fotográficas del sufrimiento sin por ello contribuir a cultivar la conciencia moral o la capacidad compasiva.
Un exceso de imágenes crueles anestesia y adormece más que sensibiliza o indigna. La importancia y la autonomía de las imágenes bélicas se representa como una acción donde grandes masas humanas padecen sufrimientos monstruosos, imágenes épicas o modelos éticos de la historia.
El inherente mecanismo del poder prohíbe el conocimiento del dolor, que el mismo causa, el trasfondo sociológico de la actitud civilizada ante el dolor, uno de los efectos de la civilización, uno de sus elementos constitutivos, consiste en que el espectáculo e incluso la misma idea de dolor se sustrae cada vez más a la visión de aquellas clases que más disfrutan de los beneficios de la civilización. Todos aquellos aspectos del negocio social que obligan a cualquier persona a ser el agente inmediato o el testigo ocular de la inflicción de dolor, son delegados por consenso común a una clase peculiar y restringida. La contemplación del dolor se ve afectada por el progreso en la división social del trabajo, cuanto más civilizada sea la sociedad que inflige dolor tanto más velará el fundamento de crueldad sobre el que se sustenta. Las imágenes amenazan claramente con revelar sin tapujos el inhumano dolor que inflige una parte del negocio social. El recurso a la aversión hacia el sufrimiento, como la representación barata y de color rosa de un problema tan serio como el problema que toma el cuerpo en la guerra.
La disciplinada inserción en el seno de esas construcciones orgánicas, dirigidas por una inteligencia técnica, suponen una doble conciencia que objetiva y anestesia el dolor. En contraposición esta la óptica reveladora que responde a una visión exterior de la guerra. En las imágenes hay una tendencia a democratizar la percepción del dolor, las cámaras y las armas están manejadas por instrumentos de una conciencia técnica, el intelecto promueve la tecnología de la destrucción, la guerra que participa de su espíritu técnico supera la media del cuerpo individual, solo resta un sistema de fuerzas en cuyo vórtice quedan absorbidos tanto el paisaje como los hombres.
Las imágenes bélicas se pueden usar tanto con fines pacifistas como con fines belicistas, tanto para conservar la memoria del dolor como para azuzar los ánimos, exigir venganza y perpetuar la violencia, frente a lo que podría creer cierto humanismo ingenuo, las imágenes del terror por crueles y despiadadas que sean, no contienen en sí mismas una llamada a la paz, no despiertan conciencia alguna, ni proporcionan comprensión o explicación de las razones o causas del hecho fotografiado, salvo que preceda a una labor de ilustración o se encabecen las imágenes con citas o textos explicativos.